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| Palau de les Arts. Foto: Alberto G. Robi |
Imagine que va al carnicero, pide entrecot de buey de Kobe, el carnicero le empaqueta un trozo de carne, se lo cobra a precio de oro, y cuando llega a casa y abra el paquete se da cuenta de que el tendero lo que le ha dado en un trozo de lomo de cerdo. ¿Qué haría usted? Si al regresar a la tienda a aclarar el malentendido, el carnicero le dijera que lo siente y que le va a subsanar, pero que en lugar del buey le va a dar un par de salchichas. ¿Usted aceptaría? Pues algo similar ocurre ahora en Valencia (aunque realmente es en todo el País Valenciano, pues es a todos sus ciudadanos a escote a los que se nos ha dado gato por liebre) con el asunto del dichoso trencadís inestable del Palau de les Arts.
La historia tiene, no obstante, algunos matices. Al tendero Santiago Calatrava, lo eligió para comprar carne —edificar la Ciudad de las Artes proyectada originalmente— el gobierno socialista de Joan Lerma; pero fue el de Eduardo Zaplana (que había vehiculado su oposición al anterior mostrando —entre otras cosas— un rechazo frontal al proyecto por considerarlo excesivamente caro), el que ya con la cartera en la mano cambió los detalles de la lista de la compra y multiplicó su coste. Finalmente, sería el faraón Francisco Camps quien finalmente acudiría al tendero como si nuestra cartera no tuviera fondo y le diría "ponme lo más caro, que això ho pague jo".






