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25 mayo 2011

Salvar el fondo

Foto: Furlin
Leo mucho sobre el movimiento del 15M y percibo —aunque de un modo más apagado tras la jornada electoral— un enorme entusiasmo a mi alrededor y he de reconocer que lo entiendo. Harto de muchas de las trampas que nos plantea el sistema del que nos hemos dotado, y del uso que hacen de ellas muchos de nuestros gobernantes —afortunadamente, no todos, hay que matizar—, es de agradecer que una parte pequeña pero ruidosa de ciudadanos haya salido a la calle de golpe a manifestar también su hartazgo, rompiendo el silencio que de modo extraño se guardó cuando en los últimos meses se nos quitaban muchos de nuestros derechos. Ahora será difícil recuperarlos, pero bueno es que se reencienda una tímida mecha de sublevación.

Leo y percibo, también a través mayoritariamente de la prensa que consumo, mucho optimismo y entusiasmo sobre cómo se hacen las cosas. Es "de manera pacífica", "asamblearia", con "grupos de trabajo", leo entre otras muchas cosas, que suenan de maravilla. Es más, leo las propuestas aprobadas en las asambleas de Sol y València, y me parecen —aunque difíciles de conseguir sin la existencia de un gran consenso social ahora inexistente— estupendas. Ese, creo, es el principal logro de las concentraciones hasta ahora: haber introducido en el debate público grandes temas, grandes problemas (energía nuclear, sistema electoral poco representativo, laicidad del Estado, eliminación del negocio de la política, etc.), que los dos "grandes partidos", con la complicidad de los medios de comunicación de masas, ni cuestionaban.