
Ya se ha acordado la reforma de las pensiones. Ya está. Cuando escribo estas líneas —domingo noche— no sé que sucederá, pero algo me dice que los informativos de hoy lunes dedicarán más tiempo a la derrota de ayer del Real Madrid, que a un cambio en la legislación que afectará —para mal— al futuro bienestar de más o menos la mitad de los españoles y de todos los que están por nacer y venir en las próximas décadas (es alucinante, pero el grado de estulticia que ha alcanzado nuestra sociedad ha llegado a este ínfimo nivel y cabe señalarlo).
Cierto es que primero nos han puesto vaselina, y nos la van a ir metiendo poco a poco para que parezca que duele menos, pero no lo duden, la vamos a notar entera. Acceder a la pensión íntegra —para los que ahora son menores de 45 años y las futuras generaciones, y dadas las condiciones laborales actuales— es ya una utopía, y el objetivo que se perseguía se ha logrado. Este no era, como saben, garantizar el actual sistema de pensiones, sino invitar a la gente a que acceda gradualmente al sistema privado. Los que puedan lo harán, y los demás, pues ya saben.