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04 marzo 2014

Gracias, Alberto



Si les contara cuántas veces he dejado de escribir algo por temor a las consecuencias que pudiera tener sobre mi futuro, quizás se sorprenderían. Habrá quien seguramente me lo echará en cara, pero les prometo que siempre que se ha dado esa circunstancia he reflexionado muchísimo y, pese a ello, la carga por la responsabilidad (autoimpuesta) no ejercida me ha acompañado durante días e incluso semanas. 


Pero así funcionan las cosas aquí: no existe un poderoso o aspirante al poder (en posición de acceder a él) que se someta al escrutinio público valorando las críticas y reconociendo a quien las ejerce como un colaborador. Al menos yo no conozco ningún caso. En cambio me sobran los que premian a pelotas o, en su defecto, aprecian a los que demuestran que pueden guardar un silencio cómplice al tiempo que te señalan como un traidor si en alguna ocasión, por excepcional que sea, no salieron brillantes en el retrato que hiciste de ellos. 

La crítica, aquí, tiene un precio, y se paga muy caro. Y no es un mal exclusivo del periodismo, donde se ha extendido hasta la nausea, sino de todos los campos. La mediocridad campa así, impune, por nuestras tierras, mientras el miedo a las consecuencias de exponer las cosas con franqueza atenaza las posibles voces críticas, la apertura de mente de los que las escucharan, y los cambios que exigiría el conocimiento de que es posible mejorar las cosas.