Me lo estoy pensando, aunque creo que no hará falta, puesto que los que están planeando el delito están aireando sus planes en la prensa sin vergüenza alguna. Me refiero, por si no han caído en ello, al anuncio de la aprobación mañana de un remozado plan urbanístico con el que Rita Barberá y sus secuaces en el grupo municipal del PP en el Ayuntamiento de Valencia planean continuar derribando el barrio del Cabanyal en contra de la sentencia del Tribunal Supremo que ratifica definitivamente que lo que han hecho durante dos décadas es expoliarlo y que eso se ha acabado. Pero no, en contra de eso, del Tribunal Supremo y de su decisión que ampara el derecho de miles de ciudadanos —¿qué de miles?, de millones, de todos los ciudadanos a los que ampara la ley— Rita Barberá ha anunciado que mañana seguirá en sus trece, ahora delinquiendo abiertamente.
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24 julio 2014
12 enero 2010
Síndrome de Estocolmo
Con la avalancha de opiniones vertidas sobre la situación del barrio del Cabanyal desde que el gobierno central interviniera para frenar su destrucción respondiendo a la llamada del Tribunal Supremo, cabría pensar que poco queda por apuntar. Sin embargo, a mí se me hace un nudo en el estómago al pensar en un aspecto del asunto que todavía, quizás por despiste mío, no he visto mencionar a ningún colega. Y es el de la existencia, cierta y numerosa en el barrio, de muchos vecinos que culpabilizan de su estado de degradación a aquellos que se oponen a su destrucción, o simplemente a abandonar sus casas por precios infinitamente inferiores a los que marca el mercado.
Esto es un asunto verdaderamente terrible. Pero no porque estos vecinos apoyen una postura que no es la mía, sino porque su sonora existencia –no son dos ni tres- revela hasta que punto es capaz el sistema de anular el entendimiento de los ciudadanos. ¿Cómo esta gente, afectada por el abandono de su barrio, por la presencia y actuación con total impunidad de delincuentes en sus calles, en lugar de exigir a las autoridades que cumplan con su obligación de evitar estos hechos, empatiza con quién le pisa y asume que el que le perjudica es el pisado que tiene al lado?
Sencillamente es una idea de locos, pero el nivel de manipulación al que las autoridades conservadoras valencianas han sometido a la ciudadanía en las últimas décadas es tan intenso, que hay mucha gente que ya ha llegado a olvidar las funciones que deben cumplir nuestros gobernantes. Aún así me resisto a creer que esta gente sea incapaz de discernir que, si un colchón lleno de meados no dura ni un minuto en la puerta de casa de Rita Barberá, y en la suya puede permanecer dos semanas (si no lo quema antes un vándalo), la culpa sea del vecino que, por un azar del destino, se vería afectado por la prolongación, mientras él tuvo la suerte –provisional, no sean ingenuos- de evitar la excavadora. Lo que me lleva a pensar que su decisión de aliarse con el verdugo se debe simplemente al egoísmo y al cinismo más absolutos. Una situación terrible, de un modo u otro, y que sí tiene unos culpables inequívocos.
Esto es un asunto verdaderamente terrible. Pero no porque estos vecinos apoyen una postura que no es la mía, sino porque su sonora existencia –no son dos ni tres- revela hasta que punto es capaz el sistema de anular el entendimiento de los ciudadanos. ¿Cómo esta gente, afectada por el abandono de su barrio, por la presencia y actuación con total impunidad de delincuentes en sus calles, en lugar de exigir a las autoridades que cumplan con su obligación de evitar estos hechos, empatiza con quién le pisa y asume que el que le perjudica es el pisado que tiene al lado?
Sencillamente es una idea de locos, pero el nivel de manipulación al que las autoridades conservadoras valencianas han sometido a la ciudadanía en las últimas décadas es tan intenso, que hay mucha gente que ya ha llegado a olvidar las funciones que deben cumplir nuestros gobernantes. Aún así me resisto a creer que esta gente sea incapaz de discernir que, si un colchón lleno de meados no dura ni un minuto en la puerta de casa de Rita Barberá, y en la suya puede permanecer dos semanas (si no lo quema antes un vándalo), la culpa sea del vecino que, por un azar del destino, se vería afectado por la prolongación, mientras él tuvo la suerte –provisional, no sean ingenuos- de evitar la excavadora. Lo que me lleva a pensar que su decisión de aliarse con el verdugo se debe simplemente al egoísmo y al cinismo más absolutos. Una situación terrible, de un modo u otro, y que sí tiene unos culpables inequívocos.
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