Permítanme que les cuente una (otra) pequeña historia. En realidad déjenme que se la cuente por segunda vez, aunque de otra manera. Hace cosa de un mes, con la intermediación de una asociación por la memoria histórica, conocí y pude transmitir a través de Público.es el drama de Antonia Valls, una anciana de una pequeña localidad valenciana que, como miles de personas de este país, perdió a su padre asesinado en la Guerra Civil y no ha podido hasta ahora recuperar su cadáver —a pesar de saber donde se encuentra— para darle el descanso que desea y del que le han privado durante décadas sus verdugos y sus herederos.
Hasta aquí lo normal. Ya ven, qué miseria de país el nuestro que, a la luz de la pasividad con que la mayoría aborda estos temas, esto lo consideramos normal. En fin, lo cierto es que el caso, lamentablemente, no tenía hasta aquí mucho de extraordinario. Lo llamativo es que esta mujer, de humilde y de avanzada edad, con la ayuda de la asociación que daba a conocer su caso, puso en marcha, para poder llevar adelante la exhumación de los restos de su padre, una colecta vía crowdfunding por un importe que, siendo importante, no cubre ni los gastos que implicaría el proceso (los arqueólogos que la llevarían a cabo, por ejemplo, ni cobrarían). Pero lo más atractivo de la historia era cómo se planteaba la ayuda.

